Creo que el tempo es una de las cosas peor entendidas en la música actual, particularmente en los ámbitos del rock y el pop. Gran parte de la culpa es de las técnicas modernas de grabación, debido a las cuales varios músicos tienen que grabar la misma pieza en distintos días, incluso sin llegar a conocerse unos a otros. Esto requiere que el tempo sea predecible, porque al grabar así no hay posibilidad de comunicarse no verbalmente en tiempo real, y no me refiero solo a hacer señas, sino a una forma de comunicación que no acabo de entender muy bien pero que ocurre al tocar con otros. Recuerdo un pianista con el que solía tocar en un combo del Taller de Músics de Barcelona (ey Edu!). El piano miraba a la pared, de forma que el pianista me daba la espalda, pero eso no impedía que en muchas ocasiones eligiéramos varias veces seguidas el mismo voicing de un acorde en el mismo momento, lo cual es normal si es lo que está escrito en la partitura, pero en el caso de la improvisación grupal no es tan probable. No se trata de telepatía, sino más bien de un proceso por el que dos músicos se influencian el uno al otro y sus elecciones acaban siendo parecidas. No obstante, creo que hay alguna forma de comunicación cuando se toca en grupo que es algo más inconsciente y espontánea, sin entrar en chorradas místicas ni magufas. Cosas que ocurren en directo o en el local de ensayo que no ocurrirían si cada cual grabase en un momento diferente. Y menciono esto porque creo que una de ellas es la conexión con el tempo.
Hoy en día, solemos grabar con software en el que podemos establecer un tempo para el tema y activar la “claca” durante la grabación. Es tremendamente práctico, ya que permite grabar con gran economía de medios. Se puede grabar (o incluso secuenciar) una batería, y sobre ella, por separado: bajo, guitarras, teclados, voces, saxos… Y dado que el batería usó la claqueta para grabar, el tempo no fluctúa, de forma que para los demás músicos será fácil predecir dónde tienen que tocar cada nota o acorde. Además, si un grupo de notas queda un poco adelantada o demasiado atrasada, se puede cortar y arrastrar hasta el lugar exacto, porque en el software podemos visualizar marcas que señalan todas las figuras rítmicas (negras, corcheas, etc.) en relación a ese tempo. Si se graban instrumentos electrónicos existe además la posibilidad de cuantizar: decirle al programa que coloque cada nota en su momento exacto automáticamente.
Todo esto hace que nos hayamos acostumbrado a escuchar interpretaciones musicales poco realistas, a través de los discos de estudio. No es necesariamente malo, siempre que sepamos distinguir la realidad de la ficción. En producción buscamos la “toma óptima”: lo mejor que puede llegar a salir, sin una sola nota un poco más apagada que la de al lado, sin un solo ruido o una sola nota fuera de su lugar exacto. Para conseguirlo, grabamos varias veces el mismo pasaje, seleccionamos la mejor de esas interpretaciones, y en los lugares en los que algo pueda mejorar, lo tomamos de otra de las tomas, o incluso regrabamos solo ese pasaje (lo que llamamos “meter un pinchazo” en la grabación). Yo suelo dejar grabadas tres tomas (aparte de las que tenga que parar porque me haya equivocado en algo), porque elegir entre más me parece un tostón (luego hay que escucharlas todas!). Pero hay quien hace diez o más. Quiero dejar claro que cada una de las tomas es realmente válida; no es que haya que repetir después de la primera toma porque algo no ha salido bien. Si escucháramos una de las tomas descartadas en directo nos parecería una buena interpretación, o como mínimo, aceptable. Pero algo que se graba para un disco está destinado a escucharse muchas veces. Un pequeño error (como puede ser un pequeño ruido a la vez que una nota) puede pasar desapercibido una vez, pero no cincuenta escuchas. Así que la filosofía con la que se graba el disco es distinta a la que se tiene cuando se interpreta la música en directo. Creo que es importante que el público tenga esto claro. Un grupo que suena igual en directo que en estudio es francamente sospechoso, o poco cuidadoso en sus grabaciones (o quien afirma que suenan igual no sabe en qué detalles fijarse, que es lo que más pasa). Hay excepciones, por supuesto, pero por lo general, no considero que “sonar como el disco” sea una virtud.
De todos los matices que se pierden al hacer así la grabación en estudio, creo que el más notorio es el tempo. La mayoría de músicos de pop, rock y metal actuales conciben el tempo como algo inamovible a lo que hay que adaptarse, cuando en realidad es al revés: el tempo es algo que sucede cuando se tocan dos notas no simultáneas. Cada vez que cualquiera de los músicos del conjunto toca una nota y después otra, está construyendo el tempo. Insisto: Cada. Vez. Y lo de “cualquiera” también debo remarcarlo: la construcción del tempo no es un marrón que le dejamos al batería. Si yo, que soy guitarrista, veo que el batería se está adelantando, puedo tratar de retrasar mis notas lo máximo posible (sin entrar en conflicto con el resto del conjunto) para lanzarle el mensaje de sujetar un poco los caballos. Al final, el tempo del conjunto es el lugar en el que todos los músicos nos encontramos. Puede que no sea tan rápido como el que ejecutaba uno ni tan lento como el que propone otro, sino un lugar intermedio. La música es una cuestión de comunicación; si estás escuchando a tus compañeros, lo que ellos hacen te influencia, de la misma manera que tú tienes un impacto en su interpretación. Si uno, aunque no sea el batería, retrasa el tempo, lo normal es que al final los demás también lo hagan. Este proceso es muy sutil, y por lo general no se nota desde fuera, a veces ni siquiera se nota en el grupo. Es algo natural y espontáneo que simplemente ocurre cuando los músicos tienen costumbre de escucharse unos a otros.
El metrónomo quizá sea el otro gran culpable. Es una gran herramienta para practicar (antes del metrónomo el maestro tenía que estar presente varias horas a la semana, destinando tiempo de clase a supervisar simples sesiones de práctica). El problema, como ocurre con todas las soluciones tecnológicas, surge cuando la herramienta se convierte en una necesidad. Cada vez más baterías prefieren tocar con claqueta porque así no tienen que preocuparse por si se acelerarán en algún punto, particularmente en los breaks. Por otro lado, independientemente de las preferencias del batería, muchos grupos “disparan” pistas de instrumentos grabados previamente, sobre todo teclados, vientos y coros. Esto obliga al uso de claquetas porque si no, no hay forma de sincronizar las grabaciones con los instrumentos que sí se están tocando en directo. En este caso la claqueta es una necesidad, muchas veces impuesta por la precariedad del sector cultural. Ya le gustaría a la banda poder llevar ocho o diez músicos, pero habida cuenta de lo que van a cobrar (si tienen la suerte de cobrar en absoluto), se acaban apañando con tres músicos y pistas pregrabadas para todo lo demás. Esta es una práctica cada vez más común, incluso en proyectos con un presupuesto aceptable. Lo que es peor, el público está normalizando escuchar instrumentos que no están presentes en el escenario. Supongo que nunca fueron buenos tiempos para ser músico profesional, pero lo de ahora se lleva la palma. Y no parece ir a mejorar, precisamente.
Y por supuesto están las cajas de ritmos, loopers, arpegiadores, secuenciadores… Si un conjunto incorpora este tipo de tecnología en su música (algo que no tiene nada de malo, por cierto, y lo digo como amante del Synthwave), inevitablemente tendrá que adaptarse a un tempo electrónico, generalmente fijo e inamovible. No me opongo al uso de la tecnología en la música, ni mucho menos. Es más, no me parece que un sintetizador con arpegiadores automáticos sea esencialmente más tecnológico que un violín: ninguna de las dos cosas se presenta en la naturaleza en su forma final. Ambas suponen un cierto grado de desarrollo tecnológico, y durante toda la Historia la tecnología ha supuesto cambios profundos en la música. El estilo Barroco no habría sido posible sin la invención del clavicémbalo, basado en la aplicación del sistema temperado. La música clásica incorporó más cambios dinámicos gracias a otro salto evolutivo: el pianoforte, que llamamos piano a día de hoy. El metrónomo se inventó en el siglo XVIII, y estoy seguro de que supuso grandes progresos en la técnica de los estudiantes de entonces. La posibilidad de grabar música en un disco hizo posibles estilos musicales nuevos basados casi por completo en la improvisación, porque ya no había que dejar la música escrita para poder transmitirla. El impacto que las tecnologías de grabación han podido tener en la improvisación musical es incalculable. Dudo que el jazz, en sus muchas formas actuales, hubiera sido posible sin grabaciones, ya que la mayoría de músicos consideramos la transcripción de improvisaciones grabadas como un paso imprescindible en nuestro aprendizaje. Así que no soy uno de esos músicos conservadores que creen que hay que volver a las cavernas (o a los amplis de válvulas). Acepto la tecnología como una fuente de nuevas posibilidades sonoras. Pero, y aquí está el quid de la cuestión, NO COMO SUSTITUTA DE MI PERICIA O DE MI TALENTO. Suelo decir al respecto que «saber nadar con manguitos» se llama «no saber nadar».
El metrónomo es una herramienta para practicar un ejercicio o pasaje a tempos cada vez más rápidos, e incluso para entrenar la precisión y evitar los acelerones involuntarios, pero no permito que sustituya mi percepción del tempo. Sobre todo porque el tempo es parte de la expresión musical, y al usar una claqueta, tratando de ganar en precisión, lo que hacemos normalmente es perder en musicalidad. Se pierde un matiz importante, aunque ya muchos ni sepan apreciarlo, y se pierden posibilidades expresivas como los accelerandos y ritardandos, o las pausas que no se corresponden con una figura musical medible (calderones). Hay quien se preocupa por si los músicos seremos sustituidos por inteligencias artificiales. Realmente, es lógico que acabe siendo así, cuando llevamos décadas suprimiendo cada aspecto que hace humana a la música. Si cada vez sonamos más como autómatas, está claro que podremos ser sustituidos por autómatas.
Yo no creo que las grabaciones “óptimas” de hoy en día sean algo tan positivo. Una cosa es que suenen limpias, y otra muy distinta es que sean antisépticas y frías, que no haya ningún componente humano. Mi humilde opinión es que los músicos (incluso los que usamos instrumentos electrónicos), debemos volver a fijarnos en el tempo como un aspecto relevante de nuestra interpretación, porque somos personas, no máquinas, y nuestra música, aunque sea un poco menos “perfecta”, debería reflejar nuestra humanidad.